Bueno... He empezado un relato. De momento no hay imágenes, pero espero mañana o el lunes como muy tarde subir una parte con imágenes de todo tipo... Espero que os guste, aunque no esperéis de mi demasiado xD.
Tiempo ha que la llama de la soldadesca vida de mi juventud se ha apagado. Las jornadas en la frontera con Flandes, las charlas que mantenía a veces con José y los demás muchachos junto a una vieja taberna demolida durante la invasión, la faz del huraño mar en las largas singladuras a bordo de nuestros fieles filibotes...
Todo hace tiempo que se extinguió, aplastado por la bota de la burocracia y de la política. Dicen ahora que las tropas de nuestro bienamado Estatúder han entrado en Reykiavik (o como diablos se escriba), y que somos la Nueva Roma, ¡Pero vayan a saber vuestras mercedes! ¡También dijeron que los cañones españoles, por estar hechos mal y rápido, se trancaban al disparar!, ¡Y cuántos buenos muchachos cayeron bajo las balas y los kilos de metralla!...
Pero discúlpenme vuestras mercedes por tan aburrido soliloquio.
He de decir que esos españoles eran gente muy ruda. Habían tomado las Provincias Unidas por herencia de un rey suyo, según creo recordar un tal Ciarlos, o Carlos, o quizás Paco, perdonen que me líe con nombres extranjeros... De algo estoy seguro, era el Quinto, ¿O quizás el Primero...?
Bueno... si me lo permiten vuestras mercedes, he de añadir que también era gente muy entregada, con mucho coraje, con un sentido del honor bastante fuerte (lo cual se traducía en que no se solían retirar hasta haber muerto casi todos), y muy amigos de sus amigos.
El viejo José, que en paz descanse, era muy buen camarada, y fue cabo de nuestra unidad durante mucho tiempo. Él era un "español" (de padres españoles, más bien) nacido, criado y crecido en Utrecht, creo, y se podía palpar su origen español: era amigo de la cerveza y los duelos, pero también corajudo y no solía vacilar como yo cuando cargábamos. Recuerdo perfectamente que nunca noté que le temblaran las piernas, ni siquiera durante la carga contra los cañones que escupían metralla allá por la Campaña Prusiana... Aquella vez, sí, fue entonces cuando cayó la mitad de la unidad, creí que no...
Bueno, no adelantemos acontecimientos.
La cuestión que nos ocupa es que nos habían dicho que había que recuperar Flandes, que se supone "era la tierra de nuestros abuelos", y por la que "miles dieron su sangre y su aliento", y, al parecer, otros tantos los darían otra vez.
Las hostilidades contra España eran cada vez mayores, y siempre nos contaban cómo nuestros "amigos los corsarios" (piratas más bien, que uno es ingenuo pero no tanto) y nuestros camaradas de las colonias bloqueaban un puerto español durante algún tiempo y saqueaban los barcos repletos de plata y oro del rey español. Que por cierto era un hombre bastante deplorable, enfermo de algo, según creo recordar, creo que de la chota. Además no había tenido hijos. Menos mal que nuestro amadísimo y grandioso Estatúder nos ha salido un hombre inteligente y líder nato. Menos mal que somos una república.
Como si fuera ayer, como si fuera ayer lo recuerdo. Las largas marchas junto a la frontera con Flandes, por aquel entonces era yo piquero del 5º Regimiento del Ejército de la "Frontera Gloriosa", como la solían llamar.
Nuestros barcos, como ya he dicho, eran muy propensos a darse al oro ajeno, y, al parecer, en uno de los galeones que habían "confiscado" nuestros camaradas había un noble, una especie de ciudadano con poderes especial, no pagaba impuestos y tenía "sirvientes", ¡Por Dios! ¡Ni que fuera Estatúder!, menos mal que aquí todos somos iguales.
Bueno, perdonen que desvaríe. La cosa es que ese barbilindo era, según parece y según recuerdo, un amigo de un Conde, o quizás de un Conde-Duque de España, y le sentó muy mal todo aquello, así que al mes ya estaba la declaración de Guerra firmada, y recuerdo haber leído en "La Prensa Libre" que nuestros soldados habían arrebatado sólo en un mes una colonia a los españoles. Hasta hoy me pregunto cómo nos llegó esa información un mes y medio después de las hostilidades si sólo en el viaje de ida a las Indias Occidentales, se ocupa casi 8 meses.

... ordenó detenerse y formar en fila de a cuatro...
Las largas patrullas se sucedían, y fuimos a parar cerca de cierto monte cuando el oficial al mando ordenó detenerse y formar en fila de a cuatro.
El ejército principal había avanzado un considerable trecho Flandes adentro, y, según había oído, los españoles les salieron al encuentro, con más de 1500 hombres por bando (aunque el nuestro los superaba tanto en número como en calidad, según nos contaban), la sangría estaba servida.
Aquella mañana no tenía nada de singular, pero nos habían ordenado adelantarnos al flanco derecho, y cerca del susodicho monte, tras detenernos, divisamos a una unidad española de jinetes acercándose condenadamente rápido: nos habían visto, y parecían cargar de frente. Nunca sabré si fue un golpe de suerte haber cambiado nuestro rumbo en el último momento, pues según reflexioné estremeciéndome luego, si hubiésemos seguido en la dirección a la que íbamos, nos habrían cogido por la espalda y en columna.
Los jinetes se acercaban como alma que llevaba el diablo, y cayeron como demonios sobre nosotros. Algunos incluso salían disparados de los caballos cuando las picas ensartaban a los pobres animalitos.
En esos menesteres andábamos cuando Karl, que era el tamborilero de la unidad, y con el cuál parecía condenado a entenderme (cosa no muy difícil, pues era conocido mío desde crío), pues me tocaba siempre marchar detrás de él, se lanzó con su espada a por un jinete español y lo atravesó de parte a parte en el cuello. El pobre tipo tenía una mirada interrogante, no debía de haberse dado cuenta de lo que tenía en la garganta cuando cayó, muerto, sin saber que moría.
En ese momento el corneta de la caballería enemiga, como atraído por su Némesis, se acercó hacia nuestro lado a paso ligero desgarrando el cuello con su espada por el camino a uno de nuestros camaradas, uno de Groninga que creo que se llamaba Mirjeel, o algo parecido. Pobre diablo, no merecía morir así.
La cosa va de que el tipo se nos acercó y empezó a dar tajos como un loco, pero de pronto paró, como hechizado y se quedó mirándome: el jodio (perdonen la imprecación) se parecía muchísimo a mi, con ojos verdes y todo, fue momento que aprovecharon mis avispados camaradas, que, al grito de "¡Sin cuartel a los tiranos!", lo cortarlo convenientemente a la altura del pecho, casi partiéndolo en dos de un tajo y un "picazo" casi simultáneos.

... pero de pronto paró, como hechizado...
El corneta cayó hecho un estropajo y yo corría hacia la parte de atrás de la unidad, ya que veía que los pocos jinetes que quedaban se daban a la fuga, y los compañeros de delante se corrían inútilmente a por ellos.
Total, que me quedé un poco solitario cuando vi, junto a los cadáveres del corneta y de dos camaradas, a un jinete, que me miraba directamente, y bajó su espada, y bajé la mía pica, y dije en alto (debió de oírme y todo, el condenado) "Que sea lo que dios quiera", y en ese mismo momento me dio un ligero ataque de risa nerviosa (probablemente dado lo ridículo de mi exclamación tenida cuenta cuán creyente que soy) que me hizo levantar un poco la pica. Pocos instantes después sentí un golpe y el restallar de unos cascos a mi lado, casi me caigo de espaldas del impacto, pero allí estábamos: el jinete ensartado a la altura del corazón, de parte a parte, en mi pica, y yo intacto. Aún tiemblo al pensar qué extraño toque del destino me llevó a elevar mi arma de esa forma, cualquiera que fuera, lo agradezco a Dios y a quien tercie.

... a un jinete, que me miraba directamente...
Recuerdo haber visto el tambor de la unidad de los españoles tirado cerca del jinete muerto (que ya había desembarazado de la pica), y pensar cuán extraño fue todo el combate.
Perdimos aquel día a veinte valientes hombres (lo supimos por el recuento), y tuvimos otras dos docenas de heridos. Teniendo en cuenta que los españoles cargaron con más de medio centenar de jinetes bien adiestrados, contra el doble de enemigos, de frente y a caballo, no eran muchas bajas, pero hubieran sido menos, "si hubiesen bajado más las picas los de la cuarta fila", cosa que el oficial se encargó de recordarnos durante todo el camino al cuartel. Por cierto ubicado frente a una pequeña ciudad, lejos de donde estaba el ejército, ya que a las pocas horas de marcha, nos había llegado sendo mensaje a caballo, diciendo que ya no precisaban de nuestros refuerzos ni efectivos, que la victoria "estaba ya en manos de la gloriosa República". Así que dimos media vuelta y callamos. Ese día, el oficial nos obligó a quedarnos un buen rato frente a los harto hediondos cadáveres (llevaban un par de horas tirados), antes de que les dieran sepultura los auxiliares, e hizo prometer a los de la cuarta fila seguir sus órdenes al pie de la letra. Terminaron jurando por todo lo sagrado que sí, la mayoría, supongo, por dejar de oler aquel hedor. Durante la marcha de vuelta recuerdo haber tenido la sensación de echar algo en falta.
A la mañana siguiente, durante una marcha de entrenamiento, recuerdo haberle dicho al tamborilero (al que estaba condenado a tener siempre delante), que apretase más, y en medio de la marcha, manteniendo el ritmo, me dijo, entre jadeos, que lo acababan de nombrar, que lo disculpase. No era Karl, y aún me estremezco recordando al lúgubre y solitario tambor, tirado en medio de los desfigurados cadáveres.
Soldados de la República
Tiempo ha que la llama de la soldadesca vida de mi juventud se ha apagado. Las jornadas en la frontera con Flandes, las charlas que mantenía a veces con José y los demás muchachos junto a una vieja taberna demolida durante la invasión, la faz del huraño mar en las largas singladuras a bordo de nuestros fieles filibotes...
Todo hace tiempo que se extinguió, aplastado por la bota de la burocracia y de la política. Dicen ahora que las tropas de nuestro bienamado Estatúder han entrado en Reykiavik (o como diablos se escriba), y que somos la Nueva Roma, ¡Pero vayan a saber vuestras mercedes! ¡También dijeron que los cañones españoles, por estar hechos mal y rápido, se trancaban al disparar!, ¡Y cuántos buenos muchachos cayeron bajo las balas y los kilos de metralla!...
Pero discúlpenme vuestras mercedes por tan aburrido soliloquio.
He de decir que esos españoles eran gente muy ruda. Habían tomado las Provincias Unidas por herencia de un rey suyo, según creo recordar un tal Ciarlos, o Carlos, o quizás Paco, perdonen que me líe con nombres extranjeros... De algo estoy seguro, era el Quinto, ¿O quizás el Primero...?
Bueno... si me lo permiten vuestras mercedes, he de añadir que también era gente muy entregada, con mucho coraje, con un sentido del honor bastante fuerte (lo cual se traducía en que no se solían retirar hasta haber muerto casi todos), y muy amigos de sus amigos.
El viejo José, que en paz descanse, era muy buen camarada, y fue cabo de nuestra unidad durante mucho tiempo. Él era un "español" (de padres españoles, más bien) nacido, criado y crecido en Utrecht, creo, y se podía palpar su origen español: era amigo de la cerveza y los duelos, pero también corajudo y no solía vacilar como yo cuando cargábamos. Recuerdo perfectamente que nunca noté que le temblaran las piernas, ni siquiera durante la carga contra los cañones que escupían metralla allá por la Campaña Prusiana... Aquella vez, sí, fue entonces cuando cayó la mitad de la unidad, creí que no...
Bueno, no adelantemos acontecimientos.
La cuestión que nos ocupa es que nos habían dicho que había que recuperar Flandes, que se supone "era la tierra de nuestros abuelos", y por la que "miles dieron su sangre y su aliento", y, al parecer, otros tantos los darían otra vez.
Las hostilidades contra España eran cada vez mayores, y siempre nos contaban cómo nuestros "amigos los corsarios" (piratas más bien, que uno es ingenuo pero no tanto) y nuestros camaradas de las colonias bloqueaban un puerto español durante algún tiempo y saqueaban los barcos repletos de plata y oro del rey español. Que por cierto era un hombre bastante deplorable, enfermo de algo, según creo recordar, creo que de la chota. Además no había tenido hijos. Menos mal que nuestro amadísimo y grandioso Estatúder nos ha salido un hombre inteligente y líder nato. Menos mal que somos una república.
Flandes, la Primera Invasión
Como si fuera ayer, como si fuera ayer lo recuerdo. Las largas marchas junto a la frontera con Flandes, por aquel entonces era yo piquero del 5º Regimiento del Ejército de la "Frontera Gloriosa", como la solían llamar.
Nuestros barcos, como ya he dicho, eran muy propensos a darse al oro ajeno, y, al parecer, en uno de los galeones que habían "confiscado" nuestros camaradas había un noble, una especie de ciudadano con poderes especial, no pagaba impuestos y tenía "sirvientes", ¡Por Dios! ¡Ni que fuera Estatúder!, menos mal que aquí todos somos iguales.
Bueno, perdonen que desvaríe. La cosa es que ese barbilindo era, según parece y según recuerdo, un amigo de un Conde, o quizás de un Conde-Duque de España, y le sentó muy mal todo aquello, así que al mes ya estaba la declaración de Guerra firmada, y recuerdo haber leído en "La Prensa Libre" que nuestros soldados habían arrebatado sólo en un mes una colonia a los españoles. Hasta hoy me pregunto cómo nos llegó esa información un mes y medio después de las hostilidades si sólo en el viaje de ida a las Indias Occidentales, se ocupa casi 8 meses.

... ordenó detenerse y formar en fila de a cuatro...
Las largas patrullas se sucedían, y fuimos a parar cerca de cierto monte cuando el oficial al mando ordenó detenerse y formar en fila de a cuatro.
El ejército principal había avanzado un considerable trecho Flandes adentro, y, según había oído, los españoles les salieron al encuentro, con más de 1500 hombres por bando (aunque el nuestro los superaba tanto en número como en calidad, según nos contaban), la sangría estaba servida.
Aquella mañana no tenía nada de singular, pero nos habían ordenado adelantarnos al flanco derecho, y cerca del susodicho monte, tras detenernos, divisamos a una unidad española de jinetes acercándose condenadamente rápido: nos habían visto, y parecían cargar de frente. Nunca sabré si fue un golpe de suerte haber cambiado nuestro rumbo en el último momento, pues según reflexioné estremeciéndome luego, si hubiésemos seguido en la dirección a la que íbamos, nos habrían cogido por la espalda y en columna.
Los jinetes se acercaban como alma que llevaba el diablo, y cayeron como demonios sobre nosotros. Algunos incluso salían disparados de los caballos cuando las picas ensartaban a los pobres animalitos.
En esos menesteres andábamos cuando Karl, que era el tamborilero de la unidad, y con el cuál parecía condenado a entenderme (cosa no muy difícil, pues era conocido mío desde crío), pues me tocaba siempre marchar detrás de él, se lanzó con su espada a por un jinete español y lo atravesó de parte a parte en el cuello. El pobre tipo tenía una mirada interrogante, no debía de haberse dado cuenta de lo que tenía en la garganta cuando cayó, muerto, sin saber que moría.
En ese momento el corneta de la caballería enemiga, como atraído por su Némesis, se acercó hacia nuestro lado a paso ligero desgarrando el cuello con su espada por el camino a uno de nuestros camaradas, uno de Groninga que creo que se llamaba Mirjeel, o algo parecido. Pobre diablo, no merecía morir así.
La cosa va de que el tipo se nos acercó y empezó a dar tajos como un loco, pero de pronto paró, como hechizado y se quedó mirándome: el jodio (perdonen la imprecación) se parecía muchísimo a mi, con ojos verdes y todo, fue momento que aprovecharon mis avispados camaradas, que, al grito de "¡Sin cuartel a los tiranos!", lo cortarlo convenientemente a la altura del pecho, casi partiéndolo en dos de un tajo y un "picazo" casi simultáneos.

... pero de pronto paró, como hechizado...
El corneta cayó hecho un estropajo y yo corría hacia la parte de atrás de la unidad, ya que veía que los pocos jinetes que quedaban se daban a la fuga, y los compañeros de delante se corrían inútilmente a por ellos.
Total, que me quedé un poco solitario cuando vi, junto a los cadáveres del corneta y de dos camaradas, a un jinete, que me miraba directamente, y bajó su espada, y bajé la mía pica, y dije en alto (debió de oírme y todo, el condenado) "Que sea lo que dios quiera", y en ese mismo momento me dio un ligero ataque de risa nerviosa (probablemente dado lo ridículo de mi exclamación tenida cuenta cuán creyente que soy) que me hizo levantar un poco la pica. Pocos instantes después sentí un golpe y el restallar de unos cascos a mi lado, casi me caigo de espaldas del impacto, pero allí estábamos: el jinete ensartado a la altura del corazón, de parte a parte, en mi pica, y yo intacto. Aún tiemblo al pensar qué extraño toque del destino me llevó a elevar mi arma de esa forma, cualquiera que fuera, lo agradezco a Dios y a quien tercie.

... a un jinete, que me miraba directamente...
Recuerdo haber visto el tambor de la unidad de los españoles tirado cerca del jinete muerto (que ya había desembarazado de la pica), y pensar cuán extraño fue todo el combate.
Perdimos aquel día a veinte valientes hombres (lo supimos por el recuento), y tuvimos otras dos docenas de heridos. Teniendo en cuenta que los españoles cargaron con más de medio centenar de jinetes bien adiestrados, contra el doble de enemigos, de frente y a caballo, no eran muchas bajas, pero hubieran sido menos, "si hubiesen bajado más las picas los de la cuarta fila", cosa que el oficial se encargó de recordarnos durante todo el camino al cuartel. Por cierto ubicado frente a una pequeña ciudad, lejos de donde estaba el ejército, ya que a las pocas horas de marcha, nos había llegado sendo mensaje a caballo, diciendo que ya no precisaban de nuestros refuerzos ni efectivos, que la victoria "estaba ya en manos de la gloriosa República". Así que dimos media vuelta y callamos. Ese día, el oficial nos obligó a quedarnos un buen rato frente a los harto hediondos cadáveres (llevaban un par de horas tirados), antes de que les dieran sepultura los auxiliares, e hizo prometer a los de la cuarta fila seguir sus órdenes al pie de la letra. Terminaron jurando por todo lo sagrado que sí, la mayoría, supongo, por dejar de oler aquel hedor. Durante la marcha de vuelta recuerdo haber tenido la sensación de echar algo en falta.
A la mañana siguiente, durante una marcha de entrenamiento, recuerdo haberle dicho al tamborilero (al que estaba condenado a tener siempre delante), que apretase más, y en medio de la marcha, manteniendo el ritmo, me dijo, entre jadeos, que lo acababan de nombrar, que lo disculpase. No era Karl, y aún me estremezco recordando al lúgubre y solitario tambor, tirado en medio de los desfigurados cadáveres.
Última edición por Ghost el Lun 13 Abr 2009, 14:20, editado 1 vez
































