Bueno, dejo aquí lo escrito, espero que os guste
Nos encontramos en el año 1081 de Nuestro Señor. El Imperio de los Romanos, pese a seguir siendo una realidad sobre el mapa, se desmorona en todos sus frentes. Al este, los turcos seljúcidas detienen sus incursiones sobre el Egipto fatimí para atacar Anatolia, derrotando a las fuerzas del Imperio en la vergonzosa batalla de Manzikert, batalla en la que nuestro Basileus cayó en manos de ese sucio turco, Alp Arslan. Ahora la práctica totalidad de Anatolia está en manos de herejes venidos de este en sus mugrientos caballos.
Por el oeste el Imperio sufre también. Esos malditos piratas, los normandos, se han creído tan poderosos como para atacar nuestras posesiones italianas. Ahora Italia no es romana, es vikinga. Es una barbarie, y lo peor es que siempre que les demos oportunidad, seguirán atacando desde Bari nuestras posesiones en los Balcanes.
Ah, los Balcanes, ese campo de batalla que nunca ha querido dejar de serlo, desde Adrianópolis hasta nuestros días. Los búlgaros, esos cerdos, aprovechando nuestra debilidad, se han escindido del Imperio formando su propio reino. Serbia, Epiro y todo territorio que se adentre algo en los Balcanes se han unido a su manera a esta oleada de independentismos.
La historia del pueblo romano ha sido mancillada muchas veces, pero nunca de manera tan vergonzosa. La crisis, tanto a nivel económico como a nivel territorial o demográfico, debe detenerse inmediatamente. De lo contrario, quién sabe lo que ocurrirá con la Ciudad Eterna de Constantinopla, quién sabe qué ocurrirá con el Pueblo Romano.

El 4 de Abril del año 1081, el joven Aleskios es coronado Basileus en Constantinopla. Una gran fiesta tiene lugar en la capital, y por un momento parece que el Imperio estuviera inmerso en su período de mayor apogeo. No obstante, la propia capital deja ver el rastro de la dejadez y la decadencia: en sus calzadas desgastadas, en las casas ruinosas de época de Constantino, en los mendigos por las calles... Aleksios no olvida esto, y tras ser coronado en la Catedral de Santa Sofía, sale al encuentro de sus súbditos, atravesando la Puerta de Bronce situada enfrente de la Catedral. Recorre la plaza sobre la que se levanta la columna de Justiniano, acompañado de su familia y la Guardia Varenga, y llega a otra plaza más amplia, en la cual se encontraba una estructura llamada el Arco de Milion, formado básicamente con cuatro arcos culminantes en una bóveda. Aleskios se coloca bajo el arco, con una buena parte de los ciudadanos presentes en la plaza, muchos de los cuales le vitoreaban con emoción. Los soldados mandan callar, el Basileus de los Romanoi va a hablar. Comienza su arenga, en tono alto y claro, para que su voz sea escuchada hasta en las últimas filas:
Pueblo de Roma, hijos míos. Nuestro Imperio se encuentra descompuesto, yace moribundo frente a los enemigos de Roma y de la verdadera Cristiandad. Mal hicimos en tiempos pasados permitiendo esto, pero ningún fracaso debe nublar nuestros pensamientos. Ningún enemigo debe impedirnos actuar como buenos romanos, y por ello debemos levantar la cabeza y contemplar lo que tenemos ante nosotros.
La gente, haciendo caso a su indicación, levanta la cabeza y contempla básicamente tres cosas: el arco, la columna de Justiniano, y Santa Sofía.
No debemos olvidar quienes somos: el pueblo de Roma, el pueblo vencedor de mil y una batallas, perdedor de otras tantas, pero victoriosos siempre al final. Cientos de años han pasado sobre estas calles, y han caminado sobre ellas césares, augustos y hombres brillantes de toda clase. Este llegado será visto por muchos como un peso, una carga, la responsabilidad de continuar con la tradición. Pues para mí es en cambio una promesa que aquí y ahora os regalo: la de liberar al Imperio de los problemas presentes, y con gran sacrificio recuperar lo perdido. Por nuestros padres, debemos recuperar lo que los tiranos y traidores nos han arrebatado ¡Y eso es lo que haremos: somos el pueblo de Roma, invicto por un millar de años! ¡VIVA EL IMPERIO, VIVA EL PUEBLO DE ROMA!
La gente aplaudía, vitoreaba y trataba de tocar a su Basileo, pese a que los guardaespaldas se lo impedían. Ya en palacio, el Emperador se volcó a su trabajo: el de levantar de la práctica nulidad a un Imperio que no era sino una sombra del pasado.

Aleksios Comneno
-Nuestras arcas aún contienen dinero de sobra, pero nuestra economía es débil y su desequilibrio nos condenará en cuestión de unos años. Debemos pensar qué hacer con el poco tiempo que se nos ha dado.
-Ese dinero no puede quedarse ahí, debe moverse. Debe ser la sangre que corra por las venas del Imperio.
-Pero ¿cómo? El dinero puede invertirse en comercio, flota, tierras, otorgarlo a diversas casas nobles...
-Mmmmm...Prepara mi carroza y una buena escolta. Nos vamos de paseo.
-¿Es acaso una broma o desea descansar?
-Nada de eso. No haremos mucho indagando aquí, en el suntuoso palacio, sobre el correcto uso del dinero. Haremos un viaje desde aquí hasta Adrianópolis para comprobar qué falla en la romania.
-Serán unos cuantos días de marcha, y no veremos sino una fracción del imperio.
-Lo sé, los gobernadores locales han de escribir a palacio para declarar su situación. Pero yo necesito ver qué queda del Imperio.
El emperador Aleskios salía al día siguiente en una carroza escoltada por unos cuantos scholarii. Los primeros días la imagen era de unas tierras fértiles, aunque poco cultivadas. A la semana, la calzada comenzó a verse desgastada, y las tierras poco cultivadas dieron lugar a campos solitarios. Poco antes de llegar a Adrianópolis, Aleskios vio en la lontananza una finca con coloridos árboles y una casa blanca como la nieve. Al preguntar de quién era semejante villa, supo que se trataba de Pedro, hijo del gobernador en Adrianópolis. Aleskios decide hacerle una visita, y al bajar de la carroza se encontraba frente a él un joven, casi tan bien vestido como el propio emperador, acompañado por otros muchachos de su misma edad. Al fondo sonaba una música relajante y sensual, y en el aire flotaba un olor a comida.
-Bienvenido, su Majestad Imperial, bienvenido a mi humilde morada.
-Si, muy humilde por lo que veo.
-Se trata de un pequeño rincón de paz alejado de la tumultuosa ciudad, y lo suficientemente alejada también de la sucia Adrianópolis.
-Ya veo. Verás, me encuentro haciendo un viaje a Adrianópolis para encontrar unos archivos, y querría de paso hacerte unas preguntas.
-Como veáis, pero Adrianópolis está muy lejos aún ¿Querríais pasar aquí la noche? Hay muchos bandoleros con pocos escrúpulos, podrían intentar...
-No, gracias, continuaremos nuestro camino, pero antes quería preguntarte sobre la región.
-Ah, bien. Preguntadme, por favor.
Unos sucios criados les habían conducido mientras a un soportal que daba a un alegre jardín con doncellas jugando inocentemente. Les dieron unas sillas y trajeron una jarra de vino del bueno, todo esto sin hacer el menor ruido, como si se tratara de espíritus o de sombras grises en medio de un colorido paisaje. Aleskios dio la señal a su escriba para que comenzara a apuntar datos.
-¿Ha habido algún cambio en la región en estos años? Me refiero a cambios económicos, sociales... durante lo que llevamos de siglo.
-Bueno... me está usted hablando de ochenta años. Por lo que yo sé, nada ha cambiado, nada en ningún sentido.
-Bien... ¿Considera a esta región enriquecida o pobre?
-¡Menuda pregunta! Esta es una región muy rica del Imperio. Poseemos árboles frutales, fértiles campos alrededor de la finca...
-No, no, me refiero a la región en general, no a la finca.
-Bueno... -aquí se detuvo para pensar- no sé, no tengo ni idea de qué responder. Es una región de campo, muy poco poblada por cierto. La verdad es que no salgo mucho de aquí.
-Ya... ¿Supongo que no sabría decirme qué puede hacer el Estado para mejorar la región?
-Pues... ni idea, traer gente, que está esto muy solo. Puedes pasar un día caminando por la calzada que no te vas a encontrar a nadie, sólo pequeños pueblos. Por eso prefiero vivir aquí: tengo de todo y no me puedo quejar. Luego le mostraré las estancias de las que dispone la finca: no son nada comparadas con la capital, pero...
-De acuerdo, doy por finalizada la entrevista. Muéstreme entonces el lugar.
El emperador y Pedro pasearon por los campos colindantes, probaron los baños y se deleitaron con los sabores de los alimentos cocinados en la cena, que eran obviamente importados en su mayoría. Al anochecer, Aleksios aceptó el dormir en la casa, y al día siguiente marchó hacia Adrianópolis. A los pocos kilómetros comentó a su “equipo”, que eran los que le acompañaban en la carroza:
-No vamos a saber nada sobre los problemas del Imperio si no preguntamos a alguien con problemas. Eso es lo que ha visto en esa finca: los ricos son muy ricos, y los pobres son ahora muy pobres. Eso no debe ser así.
-Mi señor, siento corregirle, pero eso ha de ser así, es la ley de Dios, ha sido así desde siempre.
-Pero no tanto, y ahí le corrijo a usted. Durante el Imperio unido de hace ya mil años, la gente era más rica o más pobre, pero la diferencia no era tal. Existía la esclavitud, cierto, pero las clases bajas no se veían condenadas a la servidumbre, y los adinerados no parecían vivir en un mundo radicalmente diferente al del pueblo. Se repartía trigo al pueblo romano, y la gente era feliz, tenían una vida. Esto hace cien años no era así, pero el Imperio apoyaba mucho al pequeño agricultor, y quizá esto es lo que estamos perdiendo. No lo sé con certeza. ¡Espera! DETENGAN LA CARROZA
Se detuvo la carroza y la escolta, confusa. A un lado del camino pasaba un viejo agricultor, acompañado de una mula, que portaba sacos de trigo en dirección a Constantinopla. El hombre vestía ropas remandadas, descoloridas, manchadas de barro. Cuando el propio Basileus abrió la portezuela y descendió de la carroza, el agricultor quedó sorprendido, impactado, y se postró a los pies de Aleskios pasa besar sus botas. Una vez finalizado el rito (que era el protocolo a seguir en la época), Aleskios ordenó al señor que se levantase, que deseaba hablar con él.
-Yo... no soy digno... majestad, soy solo un pobre pueblerino, analfabeto e indigno para dirigirme a Usted.
-Bien –contestó divertido Aleskios- , pues yo te ordeno que respondas a mis preguntas, pobre pueblerino.
-Sssssssssssssí sssssssseñor, lo kkkke usted mande- Respondía nervioso el agricultor.
-¿Dónde vives?
-En Kastanies, un pueblecito cerca de Adrianópolis. Voy a Constantinopla a vender el trigo y las hortalizas que me sobran de esta cosecha, que ha sido buena.
-Bien, entonces conoces la zona.
-Bbbbueno... uno conoce lo que ve y lo que escucha, y antes que yo estaba mi padre, que en paz descanse, y el padre de mi padre, y toda mi familia es del pueblo de allí.
-Bien, pues te voy a hacer unas preguntas. Apunta, escriba.
-Si, señor, cuando quiera.
-A ver... ¿Ha habido algún cambio en la región en estos años? Me refiero a cambios económicos, sociales... durante lo que llevamos de siglo.
-Económicos... sociales...
-Me refiero en las tierras, el comercio, cómo vive la gente, si ha sido esto mejor o peor estos años y desde los tiempos de tu padre y tus abuelos.
-Bueno, no sé si soy digno de responder, pero las tierras eran antes de muchos, y ellos las labraban, las sembraban y recogían la cosecha, y sólo entregaban una poquita a los señores, porque éramos casi campesinos por nuestra cuenta. Ahora damos mucha cosecha a los Señores y a la Iglesia, y nos queda muy poca para nosotros. Los señoritos han comprado muchas tierras, quedan muy pocas que son de los del pueblo, con casi todas de los señores.
-Bien... ¿Considera a esta región enriquecida o pobre?
No sé como compararlo, porque he viajado muy poco. Pero sí se que esto es muy distinto ahora que hace... cincuenta años, y antes creo que era más diferente.
-¿A mejor o a peor?
-No lo sé, yo creo que a peor. Pero los señores y la iglesia se encuentran mejor que nunca, y construyen casas grandes e iglesias ricas.
-Ya... ¿Sabrías decirme qué puede hacer el Estado para mejorar la región?
-No señor, no soy digno de responder, es muy osado para gente como yo.
-No, a ver, por favor, dime que crees que falla, qué puede hacer tu Basileus por ti y por los tuyos.
-Pues que las tierras vuelvan a la gente, porque si no no se cultivan. No se cultiva nada, están solas, son para la caza de los señoritos, y ahora somos siervos de los señores. Que arreglen luego las carreteras y que igualen un poco esto. Hace un mes murió un amigo mío, Constantino, porque no tenía nada que llevarse a la boca. Y nosotros no teníamos nada que darle, porque ya no tenemos tierras, y las que tenemos están muy rotas.
-De acuerdo. Muchas gracias, buen hombre. Esto es para ti y para tu pueblo. Me aseguraré de que lo repartes bien entre la gente de tu villa.
Buscó entre sus vestiduras y sacó una bolsita con monedas de oro. El agricultor dudó al principio, pero se la acabó quedando entre “gracias” y “bendito seáis”. Aleskios lo dejó en el camino y continuó hacia Adrianópolis.
Adrianópolis se trataba de una aldea-fortaleza. Entre las casas de paja se podían ver aún casas milenarias del Imperio, derruidas y desposeídas de sus lujos, sirviendo en muchos casos de canteras. La ciudad la coronaba un castillo de madera, fortaleza frente a posibles ataques bárbaros. Aleskios no se entretuvo mucho en la ciudad, sólo hizo las presentaciones precisas y observó las sucias y dejadas calles de la ciudad. Pero de todo el viaje sólo las respuestas del agricultor le eran útiles, por lo que pronto se encontraba de vuelta en Constantinopla. Ya sabía qué le faltaba a su Imperio, ya sabía el cáncer que padecía el pueblo romano, y era la plebe y no la nobleza la que podía responder a todas sus preguntas.

Los campos fértiles de tracia, que ahora se encuentran sin cultivar, dentro de poco se verán fértiles y llenarán los graneros de Constantinopla
Última edición por Fran Jr el Vie 10 Abr 2009, 11:32, editado 1 vez
































