

PRIMERA PARTE
Existen ciertos episodios en la historia, ciertos capítulos cada cierto tiempo, que brillan por sí solos con una luz que atrae no solo a los doctos en la materia, sino a cineastas, escritores, turistas y a cualquier persona que busca referentes en la historia. Es el caso de imperios como el alejandrino, el romano, el bizantino, el Imperio Omeya que abarcó de la India al sur francés... Es el caso de hombres insignes que dan para cientos de libros y otras tantas películas: Cayo Julio César, Aníbal Barca, Napoleón, los Reyes Católicos...
La historia que se relata aquí es una de esas historias que se deban contar, que deberíamos conocer todos. Es la historia del Imperio Aragonés, y de su fundador el Rey-Emperador Sancho, apodado “El Santo”, calificado por el mismo papa como “Defensor de la fe”. Un hombre que, llegando al trono de Huesca, murió en Barcelona tras noventa años de reinado, dominando de facto el Mar Mediterráneo occidental. Sin más espera, entramos ya en materia:
Barcelona, año 1075. El conde de Barcelona muere, y sin saberse bien como, Sancho, rey de Aragón, se presenta como voluntario para reemplazarlo y es elegido. Se conoce que corrió mucha sangre, pero sangre política: La corona se ganó sin llegar a las armas. Con los territorios de los pirineos orientales unidos, Sancho observa con temor hacia el sur: llegan noticias amenazantes, y pronto un nuevo imperio musulmán unificado se asentará en la península si no se actúa con presteza. Por lo tanto, Sancho decide actuar rápido y reúne a sus ejércitos a las puertas de Zaragoza.
Zaragoza se trataba entonces de una de las mayores ciudades de Al-Ándalus. Cuando los moros cruzaron el estrecho de Gibraltar y conquistaron la península, su clase dirigente se estableció en dos núcleos destacados por su clima benévolo y sus tierras fértiles: las depresiones del Ebro y del Guadalquivir. Y con la desintegración del khalifato de Córdoba en el año 1031, la taifa de Zaragoza se convirtió en una de las más importantes. Sancho estaba en igualdad numérica hacia los defensores de la ciudad, pero era un ahora o nunca.
Tras rodear la ciudad y estarla asediando varios días, sus propios hombres comenzaron a pasar hambre. El invierno no hizo sino empeorar la situación, y empezaron las enfermedades. Mientras, los defensores de la ciudad, no estaban mejor, pero habían resistido los diversos asaltos con valentía, y parecía que este asedio fuese a emular el fracaso carolingio de completar la marca hispánica. A comienzos del año 1077, nadie creía que la senyera fuera a ondear nunca en Zaragoza. Entonces ocurrió el milagro, ya que se dice que en medio de la noche se le apareció al mismo rey en sueños la imagen de un caballero de armadura blanca como el marfil caminando por los desiertos. Su estandarte era curioso: en el cuartel superior, una cruz dorada sobre fondo blanco. En el inferior, las barras rojas y amarillas de su reino. El rey entendió cuál era la misión del reino, y que Dios les apoyaba en la campaña. Empleó a sus hombres en un último esfuerzo por conquistar la ciudad. Hacia la puesta de sol de aquel 24 de Abril de 1070, el rey contemplaba el paisaje que le ofrecía el balcón de la mansión del gobernante de Zaragoza, ahora capital de la corona aragonesa, que iniciaba entonces una serie de conquistas que la llevarían a ser centro del panorama político del mediterráneo.

El principio
Aragón tardó bastante tiempo en consolidar su poder en la zona. La mayoría de la población del reino era ahora musulmana, y esto era indecoroso en un reino aferrado con fuerza al catolicismo. Los nobles se dividieron en dos opiniones: bien podían optar por acercarlos con cariño a la religión cristiana; bien podían obligarlos a convertirse, o si la ocasión lo requiriera, expulsarlos. Sancho optó por una solución intermedia, parecida a la que emplearon los propios musulmanes al llegar a la península: Impuso cargas fiscales especiales a los no-convertidos al cristianismo, y se limitó a expulsar a los líderes musulmanes a tierras más al sur.
Hacia el año 1090 el reino estaba preparado para afrontar nuevas campañas. Las economías combinadas de Barcelona y Zaragoza permitieron llevar a cabo grandes empresas que mejorarían la economía del nuevo reino. Se crearon calzadas seguras, se mejoraron los pastos, se inauguraron mercados y puertos que difundieron los ideales cristianos por el reino gracias al comercio interior. Por esas fechas ya se miraba al sur.
Valencia, comandada por Rodrigo Díaz de Vivar, era una plaza fortificada que superaba sola a todo al ejército de la nación aragonesa. En cambio, Palma era un enclave estratégico que podría caer pronto en manos cristianas. Y como Sancho no deseaba medir sus fuerzas con hermanos de la fe, se decidió a atacar pronto. Embarcó a su ejército en el puerto de Tarragona y tomó Palma sin apenas resistencia. Lo primero que haría al entrar en la ciudad, y esto sería repetido en las conquistas de Aragón, sería consagrar la ciudad a Dios y comenzar la construcción de una iglesia cristiana.
Por esa época el reino vecino, León, avanzaba imparable hacia la conquista de tierras aledañas. Navarra era castellano-leonesa ahora, y un ejército liderado por el capitán Sánchez atacó Valencia. Era la oportunidad perfecta para Aragón, pues el ejército castellano era muy inferior al valenciano, pero era suficiente como para causar varias bajas en el ejército del Çid. El ejército de Palma se recogió presto y desembarcó cerca de Valencia, ya sitiada. Aragón y Castilla mantenían una férrea alianza desde hacía unos pocos años, pues como decía el rey aragonés “Es mejor tanto para nuestro reino como para el leonés vernos más que como competidores, como aliados. Mucha sangre cristiana e hispánica se derramaría en vano si optamos por la senda de las armas.” Por esto, el capitán Sánchez asaltó Valencia al vernos, confiado en que le socorreríamos. Craso error, pues nuestros hombres no se movieron un ápice de sus tiendas mientras los castellanos eran vencidos en Valencia por un Cid aún más victorioso e independiente. El capitán hubo de retirarse, y relató al rey de León lo acontecido, pero ya era tarde. Al día de la victoria del Cid, Valencia era aragonesa. El capitán murió en batalla, pero el rey Sancho le ensalzó calificándolo de “un gran guerrero y estratega, un paladín del cristianismo en tierras tan al sur.”
Con la toma de Valencia, el rey Sancho quiso disfrutar de otro período de paz y consolidación de las nuevas conquistas, pero el enemigo de sur había llegado: los almorávides.
El Imperio Almorávide se desplegaba por el sur peninsular dominando las ciudades de Córdoba, Granada, Murcia, y durante un corto período de tiempo se disputaron Badajoz y Silves con Portugal, ganando la espada cristiana al final. Pero los almorávides no veían completa su conquista para nada, y consideraron las Baleares como un objetivo fácil. A los pocos años de tomar Valencia, el Reino de Aragón se enfrentaba a una superpotencia con un ejército fresco y preparado, mientras que a los aragoneses les restaban los supervivientes de Valencia. No obstante, el duque Jaime de Mallorca consiguió reunir a mercenarios isleños para hacer frente al nuevo enemigo, y los musulmanes fueron derrotados.
El emir almorávide montó en cólera por el fracaso de su ejército en una operación tan simple. Ahora, ya no serían tan solo mil hombres: reunió a la flor y nata de su ejército, más de diez mil soldados radicales, y los lanzó a las islas. El rey Sancho sabía que no podría defender esa posición: era imposible enfrentarse a esa mole de tropas aguerridas, veteranas de África y el sur hispano. Se le ocurrió entonces el cómo vencer a tan potente enemigo, que se resume en una frase histórica atribuida a su persona:
Si el emir quiere Mallorca, tendrá Mallorca.
Esta frase, actualmente empleada como “Mallorca p’a ti” y similar a “Para ti la perra gorda”, resumía bien el plan del astuto rey. Embarcó a sus tropas, llevándose todo objeto de valor de la ciudad antes de que los musulmanes la asediaran; destruyó a la flota enemiga, y formó una flota admirable que bloquearía a los barcos moros que intentaran socorrer a su ejército. Mientras, los aragoneses unidos de Valencia y Mallorca tomaban Murcia. Si el emir antes estaba furioso, ahora temía por su seguridad. El mediterráneo era ahora un campo de batalla entre navíos aragoneses y musulmanes, y los astilleros de Zaragoza y Barcelona no pararon de construir navíos en dos décadas, hasta que la situación estuvo controlada.
En tierra la cosa no era distinta. Si bien los musulmanes tendrían cerca del 40% de sus fuerzas en Mallorca y otro 30% en África, lejos del campo de batalla, aún restaban aguerridos moros que defendían sus tierras, sobre todo cerca de Córdoba. Las batallas decisivas fueron la de Almería, que llevó a la toma de Granada poco después, y la de Jaén, en la que el ejército moro hubo de refugiarse en Córdoba para huir del envite aragonés. Prestos a la defensa, las tropas cristianas se encontraban en una segunda Zaragoza, solo que ahora el tiempo corría en su contra, y si no eran rápidos, llegarían refuerzos africanos. Un ejército nada desdeñable se encontraba en Cádiz, y otro por Ceuta. Los aragoneses necesitaban entrar en la ciudad ya.
El rey se encontraba ya en Barcelona, pues definitivamente había decidido encargarse de la administración del reino, una tarea en la que muy pocos son de fiar. Era su hijo Santiago Carrasco el que estaba frente a las murallas de la ciudad califa. Se encaró a sus tropas, todo engalanado con ropas que recordaban a la senyera y a los colores reales, y gritando arengaba a sus tropas:
“Caballeros, recordad este día. Porque Dios nuestro señor desea nuestra victoria, y porque la cristiandad tiene sus ojos puestos en este lugar, en esta fecha: ¡somos aquí los representantes de la fe de Cristo, y debemos ser dignos! Y seremos dignos. Nunca había conocido hombres tan gloriosos. Muchos estuvisteis en la conquista de Zaragoza hace ya muchos años. Otros, en Palma o Valencia. Pero de cualquier modo, todos somos hijos de Aragón, hijos de Dios, y es nuestra responsabilidad, nuestro objetivo, atacar a los herejes y reproducir en la tierra el Reino de los Cielos. Con la espada o con dedicación en la vida, debemos ser dignos hijos de Nuestro Señor.
Y henos aquí, frente a esta ciudad arrebatada años ha por los demonios del desierto ¡Caballeros, hoy haremos historia! ¡Lucharé con vosotros como ferviente seguidor de Dios que soy! ¡Como hermano de la fe que soy! ¡Y Córdoba es solo el primer paso! ¡Hermanos, seguidme a la gloria eterna y al mismo Cielo! ¡ADELANTE!”
Las escalas llegaron a las murallas, y las tropas entraron. Toda la cristiandad chilló de júbilo ante tamaña noticia: los moros huían a marchas forzadas de la península, y pronto toda ella se regiría por una sola ley: la de Dios. Este fue un punto de inflexión para la Corona Aragonesa y para el propio Rey Sancho, que fue nombrado por el papa “defensor de la fe”.
Cuentan los contemporáneos sobre el rey Sancho que “dio un giro completo a su vida a partir de dicha fecha. Antes la máxima prioridad del reino era comercial, y las iglesias se creaban sólo por motivos geoestratégicos y por el propio clero. Cuando fue nombrado “defensor de la fe”, el rey tomó conciencia de su misión en este mundo. Y su primera orden tajante en Córdoba fue la de levantar una enorme catedral ¡había quien decía que se había vuelto loco! Pero recibió la aprobación papal, y empezó a gastarse un dinero que el reino bien podría haber empleado en asuntos más importantes, como eran las armas o el comercio. Pero al final resultó, y a su vez construyó dos grandes iglesias en Zaragoza y Barcelona. Cuando se terminó, la catedral de Córdoba era el monumento cristiano más grande del mundo, eclipsando a la Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla. De hecho, se empleó una técnica románica, pero inspirada fuertemente en su hermana oriental. Muchos la criticaron por el despilfarro, y porque se construyó con el oro que dejaron los herejes moros en la ciudad, pero lo cierto es que sirvió para cristianizar el sur peninsular de una forma que no hubiera sido posible de otra manera.”
Se dice también que Sancho rehusó de su antigua amante, y se volvió religioso y callado. Mientras el rey aragonés despertaba admiración en los corazones de Europa, todo lo contrario sucedía con los reyes de Castilla y Portugal, sobre todo este último. Portugal, que ahora dominaba el Algarve y Extremadura, entró en guerra con León, desoyendo los consejos del papa. Por ello, fue excomulgado, y se declaró una cruzada contra Silves. Dicha cruzada fue rechazada por Sancho, quien declaró:
Si deseáis jugar como niños a pelearos por un puñado de tierra, sea. Pero mi reino trasciende de eso y se encarga de asuntos más importantes para todos.
Y así era. Los aragoneses pronto cruzaron el estrecho, y tomaron rápidamente Fez. No obstante, esta vez hubo víctimas importantes. El heredero a la corona muere en la toma de la ciudad. Sus últimas palabras fueron, según fuentes no del todo fiables “seguid adelante, siempre adelante, en nombre de Dios y de Cristo.”


Movimientos militares a lo largo del reinado














