Bueno, os dejo mi ultimo relato.
Un trato peligroso
Volvía de buscar trabajo y me apetecía tomarme un café. Fui a la cafetería que había enfrente de mi casa. Estaba sentado, dando vueltas al café mientras observaba a las personas que paseaban por la calle. Me bebí el café y me dispuse a salir de la cafetería.
- Apuntalo a mi cuenta –dije antes de que Antonio, el dueño, pudiese decir nada.
Crucé la calle, recogí las cartas del buzón y entre en casa. Me senté en el sofá, encendí el televisor y deje las cartas sobre la mesa. Las cogí de nuevo y fui leyendo una a una, hipoteca, letras del coche, una carta de mi ex mujer reclamándome la pensión para mis hijos, se me acumulaban las deudas. «¿Cómo pagaría todo eso?» Pensé. Volví a dejar las cartas sobre la mesa y me tumbé. Poco a poco fui quedándome dormido. Me desperté con los primeros rayos del sol. Me duché, me vestí y fui a la cafetería a desayunar. Entré en ella y me senté en el sitio de siempre, una mesa al lado de una ventana, desde la que se podía ver a las personas que paseaban por la calle. Antonio se acercó a mí.
- No te vamos a fiar mas Fernando, si no tienes dinero vete –dijo Antonio seriamente.
- Venga Antonio, somos amigos. Sabes que estoy pasando por un mal momento.
- Me debes mucho. Sino pagas vete.
- Ahora mismo solo puedo pagarte el café que voy a pedir.
- Tienes tres días Fernando, ni uno más –dijo antes de irse y decirle a la camarera que me sirviese un café.
Me tomé el café tranquilamente, pagué y al salir llame a un amigo, Carlos, por teléfono.
- Hola Fernando –dijo Carlos.
- Hola Carlos, ¿qué tal?
- Bien, ¿qué quieres? –dijo con un tono serio.
- Necesito dinero, sabes que estoy pasando una mala racha –dije en tono triste.
- ¿Cuanto?
- Doscientos euros, para pagar unas deudas.
- No hay problema, ven a mi casa –dijo resignado.
La casa de Carlos no estaba lejos, anduve durante un rato hasta que llegué. Llame al timbre y me abrió Carlos.
- Pasa –dijo serio.
Fuimos al comedor y me acomodé en el sillón. Pronto llego con el dinero.
- Toma.
- Muchas gracias, te lo devolveré.
- No hace falta –dijo Carlos.
Guardé el dinero en el bolsillo derecho. Estuvimos hablando un tiempo hasta que llego Verónica, la mujer de Carlos, que me invito a comer. Después de comer nos tomamos un café y estuvimos hablando un rato hasta que a las seis en punto me fui a mi casa. Era invierno y estaba comenzando a anochecer. Después de un tiempo andando llegué a mi casa. Pensé en ir a tomar algo a la cafetería de Antonio, pero estaba cansado. Saqué las llaves de mi bolsillo y abrí la puerta. Me tumbé en el sofá, encendí el televisor y pronto me quedé dormido. Me desperté a las diez de la mañana, puse la lavadora, me duché y fui a la cafetería de Antonio. Entré y me senté en el sitio de siempre. Pronto Antonio se acercó.
- El dinero Fernando –dijo Antonio.
- No te sulfures, ¿cuánto es? –pregunté tranquilamente.
- Ochenta con cincuenta y cinco. De tanto pedírtelo me lo he aprendido de memoria.
- Toma, aquí tienes –dije dándole noventa euros – ponme lo de siempre y quedate con las vueltas.
Me estaba tomando el café tranquilamente mientras miraba a las personas que paseaban por la calle, como era habitual en mí. Me gustaba imaginar como serían sus vidas.
- Puedo sentarme –dijo un hombre haciéndome volver a la realidad.
- Lo siento, me gustaría estar solo –contesté educadamente.
- Venga Fernando, tenemos que hablar.
- ¿Quién eres tú? –pregunté extrañado, ya que yo no le conocía pero él sabía mi nombre.
- Puedes llamarme Martín –dijo mientras se sentaba – creo que puedes necesitar mi ayuda.
- Y, ¿en qué podrías ayudarme tú? –pregunté a Martín seriamente.
- Todos sabemos que tienes problemas económicos, yo puedo solucionar eso –dijo mirándome fijamente a los ojos mientras esbozaba una ligera sonrisa.
- No necesito tu ayuda –dije seriamente. Normalmente, no me hubiese extrañado que supiese de mis problemas económicos, era conocido en el barrio por mis deudas, pero ese hombre al que no conocía me desconcertó – aunque pensándolo bien, ¿qué puedes darme?
- Todo lo que necesites –dijo sonriente.
- Claro –dije soltando una carcajada - ¿Por qué no me das tres mil euros? Con eso podría solucionar unas pequeñas deudas.
- Sabes de sobra que con eso no solucionarás nada, pero si los quieres aqui los tienes –dijo mientras dejaba un fajo de billetes sobre la mesa.
- ¿Qué pides a cambio? –dije extrañado por la reacción del hombre.
- Nada, por ahora nada. Cójelo si quieres.
- No necesito tu dinero –dije mientras me levantaba de la mesa y salía de la cafetería.
Crucé la calle y entre en casa. Estaba desconcertado por la reacción de aquel hombre. No sabía si era una broma o de verdad me había ofrecido el dinero sin pedir nada a cambio. No paraba de preguntarme quién sería aquel hombre. Me hice un filete de lomo y un huevo frito para comer y después me eché la siesta. Me levanté a las seis y media, cogí un libro y fui a la cafetería de Antonio. Salí de casa, ya había anochecido. Entré en la cafetería y me senté en mi sitio habitual. Pedí lo de siempre y me puse a mirar por la ventana. Cuando me tomé el café comencé a leer el libro. Después de un tiempo, pagué y salí a la callé para irme a casa. Crucé la calle de nuevo y cuando iba a abrir la puerta escuché que alguien me llamaba. Me giré y allí estaba ese hombre otra vez.
- Hola Fernando –dijo Martín.
- ¿Qué quieres? –dije fríamente.
- ¿Has pensando en mi oferta?
- Por lo que has dicho en la cafetería parece que estás informado de mi situación. ¿Qué pides por tanto dinero?
- Es fácil, yo te doy todo lo que quieras a cambio de una sola cosa, tu alma –dijo seriamente Martín.
- No estoy dispuesto a aguantar tonterías como estas. Adiós –dije mientras abría la puerta y entraba en mi casa.
Entré preguntándome quien le habría hablado a ese loco sobre mí, deje el libro en su sitio y fui al salón. Al entrar me quedé petrificado, él estaba allí.
- ¿Qué haces aquí? –pregunté asustado – He cerrado la puerta.
- Venga Fer, ¿te puedo decir Fer? No te asustes, no voy a hacerte daño.
- ¿Cómo has entrado?
- Es fácil mira. Ahora estoy aquí, justo delante de ti –dijo justo antes de desaparecer – y ahora estoy detrás de ti –dijo apareciendo de nuevo detrás de mí.
- ¿Quién eres? –pregunté más asustado que nunca, mientras me alejaba de él.
- Ya te lo dije, puedes llamarme Martín –dijo esbozando una sonrisa – No tengas miedo, no te haré daño.
Salí corriendo de casa y seguí en dirección a casa de Carlos. Lo que estaba pasando no podía ser verdad. «¿Quién es ese hombre?». Giré la esquina y me lo encontré de nuevo.
- No corras, hablemos tranquilamente Fernando –dijo con esa maldita sonrisa.
Con un rápido movimiento cambié de dirección y continué corriendo. Volví a girar la esquina en dirección contraria y me lo encontré de nuevo.
- Fernando, no te haré daño, para –dijo seriamente.
Crucé la calle y un hombre me cogió del brazo y me empujo hacia un callejón.
- No puede hacerte daño, no le tengas miedo –dijo un anciano.
- ¿Quién eres tú? –pregunté asustado.
- Sólo un amigo. Escúchame bien, no puede hacerte ningún daño, así que no aceptes su trato –dijo mirándome fijamente a los ojos.
- Dejarme en paz, por favor –dije mientras las lágrimas inundaban mis mejillas.
- No temas nada, no puede hacerte daño –dijo aquel anciano intentando tranquilizarme.
Estábamos en un callejón oscuro, de pronto comenzaron a escucharse unos pasos que se acercaban. Mi corazón latía a toda velocidad. Nuevamente, él apareció ante mi y comenzó a hablar con el anciano como si yo no estuviese allí.
- ¿Qué haces tú aquí? –preguntó seriamente al anciano.
- Intento evitar que arruines la vida de este buen hombre.
- Venga, no me jodas. Sabes tan bien como yo que es un pobre desgraciado. Yo le ofrezco mi ayuda, ¿qué le ofreces tú?
- Una vida honrosa y decente. Si se esforzara de verdad podría salir de la situación en la que se encuentra sin necesitar la ayuda de nadie y mucho menos de ti –me miro un momento y hablo de nuevo – No intentes darle miedo, sabes que no puedes hacerle daño.
- No le voy a hacer ningún daño. Dejémosle que elija él lo que desea. Dinos Fernando, ¿aceptas mi trato? Te daré todo lo que quieras, todo lo que desees.
- Sólo quiero que me dejéis en paz –dije llorando apoyado contra la pared.
- Ya lo has escuchado. No debemos molestarle más –dijo el anciano.
- Esta bien. Si quieres mi ayuda solo tienes que pedirlo –me dijo el hombre mirándome a los ojos mientras sonreía.
- ¡Iros, por favor! –dije desesperado.
Los dos desaparecieron. Después de un buen rato tirado en ese callejón fui al bar más cercano donde gasté todo el dinero que llevaba encima. Me levanté al día siguiente sin acordarme de que había pasado después de que los dos extraños hombres desaparecieran, pero me lo imaginaba por el dolor de cabeza y la sequedad de mi boca. Seguía asustado, durante algunos días no salí de casa. En ese tiempo no paré de pensar en ellos, sobre todo en él, Martín. Había sido el peor día de mi vida y quería olvidarlo como fuese. Lo primero que hice nada más salir de casa fue ir a la cafetería de Antonio.
- Cuanto tiempo Fernando –dijo Antonio al verme – ¿Lo de siempre?
- Sí, lo de siempre Antonio. He tenido unos días un poco malos.
Tomé mi café y seguí con mi vida normal. Durante seis meses no volví a ver a Martín ni al anciano. En ese tiempo mis deudas aumentaron y no pude seguir pidiendo dinero a mis amigos. Desesperado llame a Martín.
- Martín, acepto la oferta –dije esperando que él apareciera.
- Me alegro –dijo detrás de mí.
- ¿Qué debo hacer? –pregunté asustado.
- Nada, toma esto. Cuando lo cobres habrás cerrado el trato –dijo mientras me extendía un boleto de lotería.
Lo cogí y tan rápido como había aparecido desapareció. Fui rapidamente a la administración de lotería. Cobré el boleto y cuando salí me pareció ver al anciano del callejón en la otra acera. Nunca sabré si era el o no, simplemente continué con mi camino. Con el dinero pagué las deudas y pude meter la mayor parte en una cuenta a nombre de mis hijos. Tenía dinero suficiente para vivir toda mi vida sin trabajar. Tres días después de cobrar el boleto me pareció ver de nuevo a Martín hablando con alguien en la acera de enfrente. Fui a verlo, quería preguntarle que pasaría ahora. Un coche se interpuso entre él y yo. Creo que estaba tirado en el suelo. Escuchaba a varias personas hablar a mi alrededor. «Se nos va» escuché que decía una de aquellas personas. Lentamente esas voces se convirtieron en susurros hasta que deje de escucharlas. No oia ni sentía nada. Abrí los ojos y allí estaba él.
- Ahora eres mío –dijo mirándome a los ojos mientras esbozaba esa maldita sonrisa.
PD. A ver si vuelve el bueno de rocco de una vez xd.